sábado, 27 de mayo de 2017

Carta firmada sin fecha

Apenas siento que te extraño Paula Chang.

Sin buscar encajar en el arquetipo vuelto estereotipo (y tan vomitivo) del flaneur, la ciudad me ha convertido en un viajero en todos lados. Más bien vagabundo. Porque hay un componente de propósito tangente en la esencia misma del viajero, el viaje es rara vez el fin en sí, y cuando lo es nunca es necesidad en realidad, por lo general es una suerte de grand tour para poder tener un supuesto conocimiento de mundo para apantallar en reuniones de café, y con el cual fornicar cada noche para dormir satisfechos en la misma cama en la que se ha dormido los últimos seis o diez años. En cambio yo me veo en un estado donde me duele en cada fibra de mi carne la idea de sentar cabeza en algún lado. Todo lugar en el que estoy se siente leve y hace que me sienta yo apenas. Una paradoja triste. Ningún lugar hogar y todos añorados. Te puedo contar que el otro día fui a donar sangre por Tacubaya  y cada casa parecía parte de la visión utopitalizada que tengo de la segunda juventud (yo que estoy en la tercera). Aunque cabe mencionar que el acto de darle mi sange a otro de modo anónimo y cristiano, siempre me llena de amor y de hambre. Curioso es que terminé con un antojo feroz de carne cruda. Quizá entonces, confundí este amor del otro cuyo nombre no reconozco con el amor de ese pedacito de ciudad comprimido en casas que se ven dispersas y tan libres, como libre es el héroe que sabe que el Pathos es otro nombre para la mala fe. Pero no sé Paula, tú que con diez años más que yo probablemente rías de mi trance de Oliveira (Con el tiempo aprendí a detestar Rayuela),  ya me contarás que eventualmente uno se conforma y encuentra un lugar que por hostil que se sienta se vuelve hogar, después de todo tú, entre todas las personas, decidiste quedarte en Mexicali.
           Tras la recomendación tuya y tras también la suerte de encontrarme con el tomo en realidad panfleto de Bíblica, empecé a leer a José Javier Villareal. ¿Qué puedo decirte como mal lector del misticismo y peor aún cristiano? Pienso que en sí es un verso de manufactura exquisita, como ver un collar de perlas inmaculadas.  Los ritmos que varían entre la libertad de un dulce caos del verso libre y los sonidos más dulces de las formas escultóricas de la poesía en castellano (ya sabes que me duele decirle a nuestro idioma español) crean una canción de una complejidad melódica notable.  Sin embargo, el texto me sigue dejando vacío. Cierto es que el poeta toma la música de los cantos de cantos, construida desde el Sir y más tarde por San Efrén para cantarle a una cosa a la que por pobreza de palabra enunciada seguimos diciéndole Dios o Cosmos (Spinoza, te recuerdo, me devolvió mi fe).  Villareal, sin embargo, utiliza esta música para cantarle a su subjetividad, no utiliza su carácter negativo para buscar el princium mundi que no es imposible articular. Incluso su subjetividad es muy limitada, no utiliza el desdoblamiento de sujeto en todo que los germanos nos enseñaron y se condensó tan bien en Whitman (mi viejo maestro queer). No sé que pienses Paula, porque eres lo suficientemente astuta para esperar a que te de mi pendejada de crítica antes de contraatacar con un argumento superior y por mucho. Sólo pienso que mi metafísica no se estimuló ni por poco como se estimuló mi oído. En todo caso, admito la posibilidad, aunque me parece demasiado cómoda como para aceptarla, de que esta pobreza semántica y este verso nomás comprometido con la lírica son la única respuesta coherente ante un Dios que se mueve y actúa sólo en un silencio que cada vez duele más.
            Es eso, ¿no? Acostumbrarse a un silencio de todo lo que amamos y lo que somos. Porque no pertenecemos a nada, y todo vínculo es como una arenilla que no sentimos cuando se nos va de la mano. Ya ni siquiera la retórica que inventamos para hablar en silencios nos sirve de algo. En estos momentos repito tu nombre sin emitir sonido, porque escribirte y mentarte es un acto que al final sólo hago para complacerme un poco antes de aceptar que hay un momento en el tiempo, una Paula y un Esteban, que ya no son y no estarán juntos, y que no serán, incluso cuando te vuelva a ver.
            El alejarme de ti, Paula, Paula Chang creo que apenas me hizo darme cuenta que quizá te amo como se ama a un padre. No te mentiré, en estos últimos meses he sentido que la condescendencia con la que me rechazaste (motivo por el cual te escribo sin remordimiento) es la prueba irrefutable de que nuestro vínculo es pedagógico, rayando en lo pedófilo. Y ahora te abrumo con nudos de lenguaje (¿te conté que este último año he leído a Wittgenstein de modo teológico?). Con esto no quiero decir que esté ni un poco desencantado de ti, pero el hecho de que puedo aceptar amarte así sin más, y que tú aceptes que te amo sin sentir la menor responsabilidad de amarme como quiero o de cambiar tus cariños ni tus tutorías (que Dios sabe que me siguen haciendo falta) hace que no me pese hablarte de mis ascos. Paula, mientras no te pese mi palabra, yo te sigo amando, y mientras siga siendo tan idiota (condición que me llevará a la tumba) seguiré buscando en tus enseñanzas y tus versos la conciliación de la nausea.

¿Cuándo te supiste capaz de encontrar un lugar al que le quedara el nombre de hogar?
Con mi amor que ya conoces hasta el asco y en conmemoración tuya.

Esteban. 

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