Apenas
siento que te extraño Paula Chang.
Sin
buscar encajar en el arquetipo vuelto estereotipo (y tan vomitivo) del flaneur, la ciudad me ha convertido en
un viajero en todos lados. Más bien vagabundo. Porque hay un componente de
propósito tangente en la esencia misma del viajero, el viaje es rara vez el fin
en sí, y cuando lo es nunca es necesidad en realidad, por lo general es una
suerte de grand tour para poder tener
un supuesto conocimiento de mundo para apantallar en reuniones de café, y con
el cual fornicar cada noche para dormir satisfechos en la misma cama en la que
se ha dormido los últimos seis o diez años. En cambio yo me veo en un estado
donde me duele en cada fibra de mi carne la idea de sentar cabeza en algún
lado. Todo lugar en el que estoy se siente leve y hace que me sienta yo apenas.
Una paradoja triste. Ningún lugar hogar y todos añorados. Te puedo contar que el
otro día fui a donar sangre por Tacubaya
y cada casa parecía parte de la visión utopitalizada que tengo de la
segunda juventud (yo que estoy en la tercera). Aunque cabe mencionar que el
acto de darle mi sange a otro de modo anónimo y cristiano, siempre me llena de
amor y de hambre. Curioso es que terminé con un antojo feroz de carne cruda. Quizá
entonces, confundí este amor del otro cuyo nombre no reconozco con el amor de
ese pedacito de ciudad comprimido en casas que se ven dispersas y tan libres,
como libre es el héroe que sabe que el Pathos
es otro nombre para la mala fe. Pero no sé Paula, tú que con diez años más que
yo probablemente rías de mi trance de Oliveira (Con el tiempo aprendí a
detestar Rayuela), ya me contarás que eventualmente uno se
conforma y encuentra un lugar que por hostil que se sienta se vuelve hogar,
después de todo tú, entre todas las personas, decidiste quedarte en Mexicali.
Tras
la recomendación tuya y tras también la suerte de encontrarme con el tomo en
realidad panfleto de Bíblica, empecé
a leer a José Javier Villareal. ¿Qué puedo decirte como mal lector del
misticismo y peor aún cristiano? Pienso que en sí es un verso de manufactura
exquisita, como ver un collar de perlas inmaculadas. Los ritmos que varían entre la libertad de un
dulce caos del verso libre y los sonidos más dulces de las formas escultóricas
de la poesía en castellano (ya sabes que me duele decirle a nuestro idioma español) crean una canción de una
complejidad melódica notable. Sin
embargo, el texto me sigue dejando vacío. Cierto es que el poeta toma la música
de los cantos de cantos, construida desde el Sir y más tarde por San Efrén para
cantarle a una cosa a la que por pobreza de palabra enunciada seguimos
diciéndole Dios o Cosmos (Spinoza, te recuerdo, me devolvió mi fe). Villareal, sin embargo, utiliza esta música
para cantarle a su subjetividad, no utiliza su carácter negativo para buscar el
princium mundi que no es imposible articular. Incluso su subjetividad es muy
limitada, no utiliza el desdoblamiento de sujeto en todo que los germanos nos
enseñaron y se condensó tan bien en Whitman (mi viejo maestro queer). No sé que
pienses Paula, porque eres lo suficientemente astuta para esperar a que te de
mi pendejada de crítica antes de contraatacar con un argumento superior y por
mucho. Sólo pienso que mi metafísica no se estimuló ni por poco como se
estimuló mi oído. En todo caso, admito la posibilidad, aunque me parece
demasiado cómoda como para aceptarla, de que esta pobreza semántica y este
verso nomás comprometido con la lírica son la única respuesta coherente ante un
Dios que se mueve y actúa sólo en un silencio que cada vez duele más.
Es
eso, ¿no? Acostumbrarse a un silencio de todo lo que amamos y lo que somos.
Porque no pertenecemos a nada, y todo vínculo es como una arenilla que no
sentimos cuando se nos va de la mano. Ya ni siquiera la retórica que inventamos
para hablar en silencios nos sirve de algo. En estos momentos repito tu nombre
sin emitir sonido, porque escribirte y mentarte es un acto que al final sólo
hago para complacerme un poco antes de aceptar que hay un momento en el tiempo,
una Paula y un Esteban, que ya no son y no estarán juntos, y que no serán,
incluso cuando te vuelva a ver.
El
alejarme de ti, Paula, Paula Chang creo que apenas me hizo darme cuenta que
quizá te amo como se ama a un padre. No te mentiré, en estos últimos meses he
sentido que la condescendencia con la que me rechazaste (motivo por el cual te
escribo sin remordimiento) es la prueba irrefutable de que nuestro vínculo es
pedagógico, rayando en lo pedófilo. Y ahora te abrumo con nudos de lenguaje (¿te
conté que este último año he leído a Wittgenstein de modo teológico?). Con esto
no quiero decir que esté ni un poco desencantado de ti, pero el hecho de que
puedo aceptar amarte así sin más, y que tú aceptes que te amo sin sentir la
menor responsabilidad de amarme como quiero o de cambiar tus cariños ni tus
tutorías (que Dios sabe que me siguen haciendo falta) hace que no me pese
hablarte de mis ascos. Paula, mientras no te pese mi palabra, yo te sigo amando,
y mientras siga siendo tan idiota (condición que me llevará a la tumba) seguiré
buscando en tus enseñanzas y tus versos la conciliación de la nausea.
¿Cuándo te supiste capaz de encontrar un lugar al que le quedara el nombre de hogar?
Con
mi amor que ya conoces hasta el asco y en conmemoración tuya.
Esteban.
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